UN CAFE PARA HABLAR CON DIOS
Una mañana desperté y abrí mi ventana, miré al cielo, vi caer las gotas de lluvia, recordando que en nuestra vida hay momentos muy duros. Momentos de dolor, incertidumbre, miedos o soledad, entonces es cuando estoy pasando por esos momentos, que siento el deseo inmenso, ¡de ir a HABLAR CON MI DIOS Y refugiarme en mi padre !
Hay conversaciones que no se dan en templos llenos ni en palabras elegantes. Se dan en la intimidad. En el silencio de la mañana, con un café humeante entre las manos y el alma todavía despeinada por la vida. Ahí, justo ahí, es donde muchos aprendemos a hablar con nuestro Padre Dios. No desde la perfección, sino desde la verdad.
Hablar con Dios no siempre empieza con frases bonitas. A veces empieza con un suspiro, con cansancio, con preguntas sin respuesta. Como cuando te sientas frente a alguien que te conoce de verdad y no necesitas fingir. Dios no espera discursos, espera presencia, espera honestidad, espera que te sientes con Él tal como estás.
El café como excusa, el corazón como protagonista
Un buen café no resuelve la vida, pero crea el espacio. Ese espacio donde bajas la guardia, donde el ruido se apaga y el corazón empieza a hablar. Así pasa con Dios. No necesita rituales complicados; necesita tiempo, intención y un corazón dispuesto. En ese encuentro sencillo, Él escucha lo que no sabes decir y entiende lo que ni tú logras ordenar.
Desde la psicología sabemos que detenernos, respirar y expresar lo que sentimos regula la mente y sana emociones. Desde la fe entendemos algo aún más profundo: cuando hablas con Dios, no hablas solo… descansas. La oración no es huir de la realidad, es enfrentarla acompañada.
Hablar con DIOS cuando duele porque :
El, es mi único refugio, para estar, allí en su presencia. Entonces dejo que mis lagrimas limpien mi alma, le cuento todo a Él, ¡porque es mi amado! me refugio en su amor y al contarle a solas las cosas que me han herido o lastimado, siento como lluvia fresca, que mi alma se llena de una paz inmensa y comienzo a ver las cosas tan maravillosas que Él ha hecho por mí, y para mí.
Entonces pienso que ya no debo preocuparme más, Aunque Hay días en los que el café sabe amargo, como la vida. Días de pérdida, de decepción, de cansancio emocional. Y aun así, Dios se sienta conmigo. No para darte respuestas rápidas, sino para sostenerte mientras preguntas. Él no se escandaliza de tu dolor ni se ofende por tus silencios. Un padre verdadero no abandona cuando el hijo no sabe qué decir. pues Él tiene cuidado de mí, dejo de enfocarme en las circunstancias que me rodean y en los problemas actuales, y entiendo que en esos momentos es precisamente en esos momentos cuando Dios estuvo ahí por mí.
Hablar con Dios en medio del dolor fortalece la resiliencia, esa fuerza interior que no grita, pero resiste. Te recuerda que no estás sola, que no todo termina donde duele, y que incluso lo que hoy no entiendes puede transformarte mañana.
¡Cuando hablo a solas con mi Dios es donde siento la necesidad de estar verdaderamente a “a solas con Dios”. Me refugio en ese “rinconcito especial de oración”. En ese espacio , con Él , donde le abro mi corazón y le confió mis más profundos anhelos y proyectos, mis temores y angustias, mi soledad; sin temor a que El me reproche, o castigue o tal vez ser incomprendida. Dios es mi Padre bueno El me entiende; es mi guía ,me reconforta . Recuerdo lo que Él ha hecho por mí!, Ha sido mi ayuda en momentos de aflicción, mi refugio en momentos de soledad, mi paz en tiempos de tormenta, pues cada día con su presencia y su amor, ¡El me recuerda que yo no estoy sola!, que, si no me dejó nunca, ni me abandonó antes, ¡tampoco lo va a hacer ahora!

Un hábito que sana el alma
Tomarte ese “café con Dios” no es un acto religioso más, es un hábito de cuidado emocional y espiritual. Es elegir empezar el día con sentido, cerrar la noche con gratitud, y permitirte ser vulnerable sin miedo al juicio. Es ahí donde el corazón se reordena y la fe deja de ser teoría para volverse relación.
No necesitas palabras correctas. A veces basta decir: “Padre, aquí estoy”. Y eso cambia el día.
Para cerrar… una invitación
Tal vez hoy no tengas fuerzas, tal vez tu fe esté cansada o tu corazón cargado. Aun así, prepara el café. Siéntate. Habla. O guarda silencio. Dios sabrá encontrarte ahí. Porque un Padre que ama no necesita citas formales, solo hijos dispuestos a quedarse un rato.
La Magia del Café
¡Un abrazo fuerte para ti, Bendiciones!


